Tras poner un correo para notificar el problema – que fue resuelto favorablemente, eso sí, en cuestión de minutos – encontramos la explicación: la lista de bloqueos no está mantenida por mi compañía, sino que proviene de una compañía norteamericana especializada en proporcionar ese servicio. Compañía que, por lo visto, cree que debe bloquear toda dirección que contenga la palabra “Pando”, porque durante algunos años, ese era el nombre de una aplicación de intercambio de archivos voluminosos que utilizaba el protocolo P2P. Esa aplicación cerró sus servidores y su negocio en agosto de 2013. En contraste, Pando Daily, la publicación sobre actualidad tecnológica, lleva funcionando desde enero de 2012, y presuntamente, con su acceso bloqueado sin ningún tipo de sentido en todas las compañías que utilicen los servicios de la empresa que gestiona esa lista de bloqueo.
El procedimiento, el mismo que se utiliza en muchas empresas para cuestiones como impedir el acceso a redes sociales o a otro tipo de recursos desde la red corporativa, me lleva a pensar en el tipo de gestión que esas empresas plantean de sus trabajadores: un sistema que si intentas acceder a un recurso donde muchos tenemos información perfectamente relevante y a la que tiene sentido acceder desde tu puesto de trabajo, hace algo así como darte una palmada en la mano que sujeta el ratón al tiempo que te dice “¡a dónde crees que vas, chaval, que te he pillado… deja de perder el tiempo y ponte inmediatamente a trabajar!!”
Controlar el uso de los recursos corporativos parece algo lógico y normal. Que los trabajadores sepan que el uso de la red es razonablemente monitorizado por el departamento de TI no resulta excesivo, siempre que no lo utilicemos para establecer una suerte de “estado policial”, y permite además desarrollar políticas centralizadas de seguridad – que, como siempre que hablamos de seguridad, tendrían que tener su contrapunto adecuado en la usabilidad. De ahí a pagar por acceder a listas de bloqueos creadas y mantenidas por compañías con criterios rayanos en la paranoia y a gestionar a tus trabajadores como si fueran niños pequeños, va una gran distancia. No solo no es lógico – si tus trabajadores quieren perder el tiempo chateando en una red social, entrarán desde el smartphone que llevan en el bolsillo – sino que acaba por generar la actitud opuesta: si me tratas como a un niño, me comportaré como un niño.